Al
repasar la situación en la que se encuentra Cataluña hoy se impone una mirada
atrás para analizar que es lo que realmente no ha funcionado en nuestra España y
que nos ha llevado a un clima como el actual.
En
esta reflexión hay que identificar dos tipos de errores, unos de acción y otros
de omisión.
Los
primeros serían los más leves, por venir de aquellos que ya se espera, es decir
los nacionalistas.
Los
segundos, a mi entender mucho mas graves provienen de aquellos que deberían encargarse
de cuidar el respeto a la patria y a todos aquellos que se sienten españoles.
El
combate que ahora está ya en las últimas, posiblemente se cerrará con una victoria
del nacionalismo, pero ésta no se deberá, ni mucho menos, a que tienen el mejor
mensaje o los defensores más valientes, sino a que han sido los más conscientes
de la realidad que nos ha tocado vivir, una sociedad totalmente desvinculada en
la que sólo prima el interés personal. El otro bando, simplemente no es que
haya sido el más débil sino que no ha presentado batalla nunca.
El
nacionalismo, desde un primer momento hizo suyos los principales bastiones de
lo que empezó siendo una lucha cultural: educación y medios de comunicación. Y
estos bastiones ya no los abandonaron…ni los abandonarán, por mucho que insista
el ministro de educación Sr. Wert.
Ante
la declaración del ministro de educación del pasado martes, afirmando que el
independentismo se inculca en las aulas catalanas (y vascas) sólo cabe pensar
dos posibilidades, o que dicho señor no tiene ni idea de educación o es que no
se entera de lo que ocurre en su casa. Desde multitud de fundaciones como
Unidad + Diversidad, Convivencia Cívica catalana… hace años que se está
llamando la atención sobre este asunto, pero nadie ha hecho caso.
Sin
ir mas lejos, el pasado día 12 de septiembre, un día después de la gran
aquelarre nacionalista, un profesor de sociales de un colegio concertado
afirmaba que “la gente había salido a la calle porque como Cataluña ya había
sido independiente, la gente tenía ganas de volver a serlo” y… no paso nada. En
esta situación sería bueno recordar como trataban los atenienses clásicos, los
padres de la democracia, a los corruptores de la juventud.
El
nacionalismo nació en Barcelona y en un principio no debería de haber dejado de
ser una “rareza” de los señoritos burgueses de Barcelona como afirmaba Josep
Pla, hasta que este al final se hizo de izquierdas y por tanto progresista.
El
nacionalismo actual no es tradicional sino que es progresista, y por tanto relativista. Por este motivo
necesita modificar los símbolos del territorio que dice defender; en el siglo
XIX convirtieron en himno “Els Segadors”, un canto tradicional pero
modificándolo y eliminando todo aquello que sonaba a tradicional; en la
actualidad está ocurriendo lo mismo con la Senyera que cada vez más está siendo
desbancada por la “estelada” ya sea con triángulo azul o amarillo. No en vano
afirmaba el padre de los historiadores catalanes, Rovira i Virgili, que “los
auténticos catalanes son los carlistas de la montaña”
El
nacionalismo ha sido y será la antítesis de la Cataluña tradicional y real y
por eso ésta es el primer enemigo a abatir del nacionalista
Pero
lo más grave de este asunto ha sido la actitud de aquellos que, elegidos por
todos los españoles, no han tenido el valor de defender a España y a los
catalanes que nos seguimos sintiendo españoles. Nosotros, abandonados ante las
fauces del Leviathan nacionalista, debemos sobrevivir como podemos, sin obviar
nuestra parte de culpa, que es mucha. Por ejemplo celebrando las victorias de
la SELECCIÓN ESPAÑOLA en casa, porque no se pueden poner pantallas, por el que
dirán.
Nosotros
debemos implorar que alguien se acuerde de nosotros y tenga el valor de decir
que no somos untershmen, ciudadanos de segunda categoría, que no podemos
celebrar ni el día de la hispanidad por miedo a irritar a nuestros amos
nacionalistas a los que se someten los políticos que representan a todos los
españoles.
Pero
aún queda el último paso y ha sido la gran jugada maestra del separatismo y
es cómo, en dos años, el independentismo
ha pasado de no representar ni al 20% de la población catalana, según datos del
CEO (Centro de Estudios de opinión de la Generalitat), a abarrotar las calles
de la Ciudad Condal. Y aquí entra la gran estrategia nacionalista, digna del
mejor Napoleón, la mutación de un nacionalismo cultural a un nacionalismo
económico. El paso del catalán como símbolo de identidad al discurso de “Madrid
nos roba” como elemento identitario. Y esto ante una sociedad anulada por
tantos años de discurso nacionalista, de odio hacia todo lo español, en la
educación y en los medios de comunicación y con una gran tasa de desempleo y
precariedad económica es la gota que colma el vaso. Porque el odio es un vicio
que se adapta muy bien a lo que sea y ahora ya tiene la llave que abre la caja
de Pandora.
Cuando
el presidente del gobierno dice que ha hablado con Mas de economía, “que es lo
único que interesa”, está haciendo el juego al nacionalismo y está reafirmando
las propias tesis separatistas.
Dicho
esto quisiera citar una frase del filósofo Edmund Burke que afirmó que “para
que el mal triunfe en el mundo, simplemente los hombres de bien no deben hacer
nada”. Dicho esto esperemos que las generaciones venideras no deban decirnos lo
que la madre de Boabdil dijo a su hijo al entregar las llaves de Granada a los
Reyes Católicos “llora como mujer por lo que no supiste defender como hombre”.
Pero
no quiero despedirme con un fragmento pesimista sino citar el que posiblemente
fue la exhortación de la Generalitat más
impresionante de su historia, el que publicó el 10 de septiembre de 1714, un
día antes del asalto de las tropas borbónicas:
Haciendo
el último esfuerzo, y dando testimonio a los que habrán de venir, de que se han
ejecutado las últimas exhortaciones y esfuerzos, protestando de los males,
ruinas y desolaciones que sobrevengan a nuestra común y afligida patria, y del
exterminio de todos los honores y privilegios, quedando esclavos con todos los
demás españoles engañados, y todos en esclavitud del dominio francés; pero se
confía, con todo, que como verdaderos hijos de la patria y amantes de la
libertad acudirán todos a los lugares señalados, a fin de derramar
gloriosamente su sangre y vida por su Rey, por su honor, por la patria y por la
libertad de toda España.
Al día siguiente 4000 de los 5000 defensores habían
muerto por su patria. Esta vez la última línea defensiva es la concentración
del 12 de octubre en Plaza Cataluña, esperemos que todos los que se sientan
españoles acudan a la cita.