jueves, 1 de noviembre de 2012

DE FRIEDRICH A MUNCH: EL DRAMA DEL HOMBRE MODERNO


Empezamos nuestra reflexión sobre la modernidad a través del arte con la siguiente premisa: el arte es el reflejo de una sociedad concreta. Los artistas: pintores, escritores, etc., nos hablan del mundo que les toca vivir, de su sociedad, de su cultura y de forma más profunda, de su propia concepción del ser humano. En este caso utilizaremos dos cuadros para explicar el paso de la modernidad a la posmodernidad.

El primer cuadro “el caminante sobre un mar de nubes” (1817-18) es una de las obras de madurez del pintor romántico alemán Caspar David Friedrich (1774-1840). El segundo cuadro es “el grito” (1893) del pintor expresionista noruego Edvard Munch (1863-1944).

El punto en común de los dos cuadros es la soledad del protagonista y la diferencia la forma de enfrentarse a ella.

Los principales autores del pensamiento moderno había ido apartando a Dios de la vida de los hombres. Primero lo relegaron a la vida privada, luego como un simple garantizador de la armonía social hasta que finalmente un filósofo gritó “Dios ha muerto”.

Al mismo tiempo los nuevos gigantes de la mitología griega, intentaron ocupar su hueco con diversas ideas, el problema era que el hombre es tan grande en si mismo que no hay nada aquí en la tierra que pueda llenarlo y poco a poco descubre que se va quedando solo.

El primer cuadro nos presenta a un hombre solo, pero orgulloso, ha coronado la cima de su propio Olimpo, para observar desde allí un mundo que se le aparece borroso pero al mismo tiempo da la espalda al público que lo contempla.

La obra de Friedrich hunde sus raíces en el romanticismo alemán, que beberá de la tradición filosófica de Kant y los idealistas alemanes.

Los románticos, inspirados por la soberbia moderna encumbraron al hombre-creador, al artista que era capaz de imponer su propia visión de la realidad creando un mundo “real” fruto de su propia visión del mundo.

El hombre decimonónico verá el encumbramiento del hombre autónomo, del hombre capaz de hacerse a si mismo, aunque la verdad es que cada vez se distancia más de la realidad y de sí mismo. El hombre mediante la razón se creía capaz de dominarlo todo y la literatura de esos años demostrará esa seguridad.

Quizás el ejemplo más paradigmático será el caso Titanic, ese barco que “ni Dios podría hundirlo”, el que debía haber sido la mayor de las construcciones humanas acabó convertido en una catástrofe en la que perecieron miles de personas. Toda una premonición de lo que estaba por venir. Aunque a finales del siglo XIX ya algunos empezaron a advertir lo que podía pasar.

En filosofía, Schopenhauer reaccionó contra está percepción del mundo y en el mundo del arte Munch con su obra “el grito”, radiografió el siglo XX, un siglo que empieza en 1914 con la Gran Guerra y dará paso a una ola de destrucción que abarcará todo el mundo. Si el siglo XIX fue el siglo de la muerte de Dios, el siglo XX ha sido el de la muerte del hombre

Su protagonista, no está físicamente solo, al fondo se bosquejan dos individuos más, posiblemente amigos suyos pero ante su grito de desesperación nadie acude. Ante un mundo en el que lo único que se percibe de forma clara es el puente, es decir, la única construcción humana de todo el cuadro.

El hombre descubre que en su caída no comprende nada, solo ve aquello que fabrica con sus maquinas, pero la realidad entera se escurre de entre sus dedos como al filósofo griego Heráclito, desesperado por no poder retener el agua del río que fluía continuamente.

Ante este mundo tan bien retratado por Munch queda la gran pregunta ¿y el siglo XXI, qué?. ¿Veremos el resurgir del hombre, que recupera su dignidad o seguiremos en esta caída libre que nos lleva al foso de la desesperación?.

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